lunes, 10 de septiembre de 2007

aun no hay justicia

El discurso difundido sobre justicia y reconciliación ha intentado implantar en nuestro País la idea de sepultar el pasado para reconstruir un futuro en el perdon y la armonía, ironia aparte resultaria entonces, mencionar a los chilenos que fueron degollados, o recordar a una Carmen Gloria que fue quemada, o saludar a las madres de jovenes que fueron torturados, encarcelados, desaparecidos. Sería de mal gusto y de una mentalidad enferma por el rencor traer al presente menores que nacieron en los cuarteles de tortura, o recordar a las mujeres que fueron detenidas y vejadas.
El discurso unificador nos da muestra de como éste País teje dos futuros, por un lado tenemos un futuro iluminado, prometedor, en DEMOCRACIA, y por otro lado, tenemos un futuro con lazos familiares que se cortaron, que se sumergieron en ese mar que tranquilo te baña, tenemos una memoria colectiva de visitas nocturnas, llenas de sobresalto y temores, tenemos una historia fracturada, una linea en el tiempo que esta suspendida en el silencio de quienes no pueden venir a contarnos que ocurrio con sus ideales y sus cuerpos, tenemos entonces una gran parte de la sociedad que requiere de justicia y no de reconciliación, no es posible reconciliarse con quien no ha pedido perdon, con quien no ha dicho la verdad, con quien se oculta en las sombras de las lagrimas que cada noche se derraman esperando al hijo ausente.

lunes, 3 de septiembre de 2007

las palabras


Para qué sirve la comunicación?
Se intenta convencernos de que serviría para unificar y pacificar el mundo. Que bastaría que la comunicación se globalizara - gracias, en particular, a la conexión entre computadoras y teléfonos, y al auge de internet- para que los conflictos sociales, políticos o militares se apaciguaran y desaparecieran. Se trata de un mito, obviamente, que difunden aquellos que poseen el control de los conceptos. De allí la enorme importancia de la batalla acerca del sentido de las palabras que se lleva a cabo actualmente.
Le Monde diplomatique/ Septiembre 2007
Por Armand Mattelart*

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